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Hace un par de años el cielo de Nicaragua palideció nuevamente, empezó a llover y los rayos sonoros hicieron retumbar su centro. Volvimos a escuchar vivamente en las calles los gritos demandantes de justicia y libertad. El miedo, la impotencia y la indignación rellenaron poco a poco los espacios vacíos, un duelo que nos recordaba a los duelos del pasado se asomó nuevamente por la rendija de las puertas.

 

Nosotras nacimos y fuimos recibidas por los vientos de este país, fuimos inundadas con sus olores, caricias y sonrisas, crecimos escuchando las historias de nuestras abuelas y abuelos, madres, padres, tías y tíos. Compartimos un amor profundo por Nicaragua y llegamos a dolerla también.

La flecha de las injusticias que sigue atravesando nuestras montañas se develó a nosotras en múltiples ocasiones, pero en 2018 nuestra formación, edad y compromiso nos movilizó y organizó en esta colectiva que hoy llamamos Sanar Nicaragua.  

 

Una tarde nos juntamos, cada una llevó su rabia, dolor, desesperanza, y del compartir surgió la escucha amorosa como posibilidad transformadora. Decidimos confiar en nuestras manos y voces como instrumentos para sanar y practicar justicia.

Durante este tiempo muchas personas han transitado por la colectiva y se han sumado a cuidar de este sueño. Hemos aprendido a reivindicar la alegría sin perder la indignación, a soñar con atardeceres más libres, a escuchar, apapachar, acuerpar y seguirnos cuidando para resistir junto a otrxs. Descubrimos que el acompañamiento amoroso es político y también salva vidas, que podemos florecer en la colectividad. Confirmamos que los procesos no son lineales, no hay tiempo límite, sanamos en la búsqueda de verdad y justicia.

 

Seguimos aprendiendo de cada unx, ahora enfrentamos retos distintos pero las ganas de crecer no cambian. Continuamos luchando por sanar, y demandamos transformaciones profundas que permitan reconocer y validar nuestras heridas para reparar el tejido.

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